El habitante y su esperanza

El habitante y su esperanza

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«He escrito este relato —dice Neruda en el prólogo— a petición de mi editor. No me interesa relatar cosa alguna. Yo tengo siempre predilecciones por las grandes ideas, y aunque la literatura se me ofrece con grandes vacilaciones y dudas, prefiero no hacer nada a escribir bailables o diversiones». Siempre asustadizo para la prosa, Neruda entrega los originales de este libro a petición de su editor, un poco temeroso de los resultados tangibles, como lo estuvo Gómez Carrillo con aquel volumen de París, que el editor, al solicitárselo, bautizó con el nombre bastante comercial de El modernismo. Esta vez no hubo bautizo de título, pero sí de subtítulo. Debajo de El habitante y su esperanza se puso esta palabra: Novela. Claro que no lo era. Se trataba de una serie de close-ups estupendamente vestidos. Puede cada relato separarse y hacer unidad. Se relatan las conmociones psicológicas del interior chileno, ese interior siempre a la orilla del mar, que forma el coro ante la tragedia de la acción. Lo que se puede aprehender, como suceso lógico deliberadamente enmarañado, es la pasión. Se cuenta el amor, se va a la cárcel por robar ganado, se huye en la noche, se derraman encendidos monólogos y se siente la inminencia de una fatalidad pantanosa y fosforescente, en donde el mar «roído por el color del tiempo y la asistencia de la soledad» aprisiona la voluntad de los hombres. Sucede el crimen, y parece que no es posible escapar. El personaje confiesa: «Voy a decir con sinceridad mi caso; lo he explicado con claridad porque yo mismo no lo comprendo. Todo sucede dentro de uno con movimientos y colores confusos, sin distinguirse. Mi única idea ha sido vengarme». Aquí está la clave. La confusión nace de la identificación que se establece con el clima de una vegetación apasionada. La venganza —huir, escapar de aquella red en el mundo— es la solución. El hombre es el habitante, el actor y asistente de la propia catástrofe, y la esperanza es el nuevo día, la extirpación de una inmovilidad, el sacudimiento de una postración negativa. No hay que pedirle más al libro. Lo ha dicho todo en pocas, intensas páginas. La intimidad descriptiva del mar alcanza en este relato una sabiduría que no proviene más que del contacto y la formación en sus imperios. La mujer se abraza con la furia de la lucha contra los límites. Todo parece lleno de una vasta articulación escamosa. «Ay de mí, ay del hombre que puede quedarse solo con sus fantasmas», solloza el actor ante el mar implacable. Pero se sacude y logra vencer a los monstruos. Se pregunta dónde estuvo, que fue lo qué pasó, mientras el alba «saca llorando los ojos del agua» Este es el habitante y esta su esperanza.

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